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Con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, que se celebra cada 10 de octubre, recopilamos cuatro investigaciones e iniciativas que muestran otra cara de la innovación: aquella que busca ayudarnos a entender mejor cómo nos sentimos y cómo nos relacionamos con la tecnología.
Aunque sus objetivos y niveles de evidencia son diferentes, todas comparten una misma idea: la tecnología puede convertirse en una herramienta complementaria para promover hábitos más saludables, trabajar las emociones o identificar determinadas señales relacionadas con nuestro bienestar.
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La tecnología también puede ayudarnos a expresar colectivamente cómo nos sentimos. El pasado 3 de octubre, Telefónica y la Escuela Superior de Música Reina Sofía llevaron al Teatro Monumental de Madrid una experiencia que unió música sinfónica, conectividad e inteligencia artificial.
Cerca de un millar de asistentes pudieron participar desde sus teléfonos móviles mientras una orquesta de alrededor de 60 músicos, dirigida por Josep Pons, interpretaba la Sinfonía número 4 de Johannes Brahms.
Durante la experiencia, el público respondió desde sus dispositivos a distintas preguntas. La inteligencia artificial recopiló y procesó simultáneamente esas respuestas para generar una reacción colectiva sobre el escenario.
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La realidad virtual podría tener también un espacio en la educación emocional de los adolescentes.
Investigadores de Malasia han desarrollado REAL, un programa de aprendizaje socioemocional que incorpora experiencias de realidad virtual para que estudiantes de secundaria practiquen habilidades como identificar sus propias emociones y aprender a regularlas.
Una primera prueba de viabilidad se realizó con 15 estudiantes de secundaria, cuatro facilitadores y un responsable escolar. El programa incluye diferentes actividades y escenarios diseñados específicamente para el contexto cultural de los adolescentes participantes.
Los investigadores consideran que los resultados respaldan seguir estudiando este modelo, aunque advierten de que esta fase inicial se realizó con una muestra pequeña y en un único centro.
La propuesta abre la puerta a utilizar entornos inmersivos como complemento de la educación emocional dentro de las escuelas.
¿Y si el propio teléfono pudiera ayudarnos a utilizarlo menos? Un equipo de investigadores ha probado una aplicación capaz de ofrecer recomendaciones adaptadas al contexto de cada usuario para reducir el uso problemático del smartphone.
El ensayo incluyó a 92 estudiantes universitarios durante ocho semanas. Los participantes fueron divididos en tres grupos: uno recibió recomendaciones personalizadas, otro información sobre sus estadísticas de uso y un tercero utilizó únicamente herramientas de autocontrol.
Quienes recibieron el feedback adaptativo redujeron más tanto el tiempo total frente al teléfono como los periodos prolongados de uso respecto al grupo de control. También mejoraron algunos indicadores relacionados con la autorregulación y el bienestar biopsicosocial.
Los resultados sugieren que las recomendaciones personalizadas pueden ser más útiles que mostrar únicamente cuánto tiempo pasamos delante de la pantalla.
Los dispositivos que llevamos puestos también están proporcionando nuevas pistas a los investigadores. Un estudio con 2.810 participantes de la Northern Finland Birth Cohort analizó durante 14 días datos recogidos mediante acelerómetros colocados en la muñeca y en la cintura.
Los investigadores extrajeron 54 variables relacionadas con la actividad física, el sedentarismo y el sueño y utilizaron distintos modelos de aprendizaje automático para comprobar si esos patrones permitían diferenciar a personas con y sin síntomas de ansiedad o depresión.
El modelo con mejores resultados alcanzó una precisión de entre el 66% y el 72%. Entre las variables que más información aportaban aparecían aspectos como la hora de despertarse y acostarse, el tiempo en cama, la intensidad de la actividad física o los periodos prolongados de sedentarismo.
No se trata de una herramienta capaz de diagnosticar por sí sola una depresión o un trastorno de ansiedad, sino de una línea de investigación que estudia si los datos recogidos de forma pasiva por dispositivos portátiles podrían servir algún día como información complementaria.
El objetivo no es que la tecnología sustituya a los profesionales, sino explorar cómo puede ayudarnos a reconocer antes determinadas señales y comprender mejor nuestro bienestar. En definitiva, la cara buena de la tecnología.
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